
Cannabis, poder y escenificación: el orden detrás de la reclasificación
No es un ajuste técnico, es una secuencia política
Publicado el 25/01/2026
La reciente reclasificación de la cannabis a la Schedule III en los Estados Unidos no puede ser leída como un simple ajuste técnico en la política de drogas. Tampoco como una liberalización propiamente dicha. Para comprender su alcance real, es necesario mirar menos hacia el resultado inmediato y más hacia la secuencia, el contexto y la forma en que se tomaron las decisiones. En política, el orden de los movimientos importa, y casi nunca es accidental.
El primer gesto: restricción silenciosa por la Farm Bill
El primer gesto fue silencioso. Las modificaciones introducidas en la Farm Bill de 2018, la ley que había abierto camino para una amplia industria de cáñamo y derivados, no vinieron acompañadas de un gran debate público ni de una narrativa sanitaria o moral. Entraron a última hora, en medio de enmiendas presupuestarias urgentes, bajo la presión de un cierre del gobierno. Un movimiento técnico, casi burocrático, que, sin embargo, apuntaba a algo bastante claro: cerrar el modelo de la cannabis como commodity, ese territorio difuso donde prosperaron cannabinoides intoxicantes, innovación acelerada y una economía difícil de bancarizar y de controlar.
El segundo acto: la escenificación médica en el centro del poder
Fue entonces cuando vino el segundo acto, ahora con luces encendidas. La reclasificación de la cannabis fue firmada por el propio Trump en el Salón Oval, rodeado de médicos de bata blanca. La escena no fue inocente. No había activistas, ni cultivadores, ni pacientes hablando de derechos. Había ciencia, autoridad y Estado. El mensaje fue directo: la cannabis deja de ser una anomalía tolerada y pasa a integrar, formalmente, el campo de la medicina legítima. No como cultura, no como práctica social, sino como sustancia regulada, dosificada y supervisada.
De la restricción al ordenamiento: la lógica de la medicalización
La combinación de estos dos movimientos revela una lógica coherente. Primero, se restringe por abajo, casi sin ruido, el desbordamiento del modelo industrial heredado de la Farm Bill. Después, se ordena por arriba, integrando la cannabis a la arquitectura clásica de la FDA, la DEA y el sistema de salud. El resultado no es liberación, sino medicalización. Y esta medicalización produce un efecto central: la normalización financiera. Al reconocer un uso médico aceptado, la cannabis se vuelve más legible para bancos, aseguradoras y capital institucional. El riesgo disminuye, el cumplimiento mejora y el dinero (ese actor silencioso, pero decisivo) comienza a circular con más tranquilidad.
Los costes del nuevo arreglo
Este desplazamiento tiene costes. El uso no farmacológico comienza a ocupar un espacio cada vez más estrecho; los mercados recreativos estatales siguen existiendo, pero sin protección federal; la planta entera y sus usos culturales quedan fuera del vocabulario dominante. La cannabis se vuelve gobernable, pero también más homogénea. Más organizada, pero menos plural.
El ruido de las certezas fáciles
En este contexto, he leído en los últimos días una avalancha de opiniones sobre estos cambios, muchas de ellas formuladas con una asertividad adolescente, de esas que encuentran en LinkedIn su hábitat natural: frases definitivas, conclusiones cerradas y una seguridad que suele acompañar a quien aún no ha tenido tiempo de descubrir todo lo que ignora. En estos temas, la certeza suele ser inversamente proporcional a la experiencia. Como dice el dicho, el diablo sabe más por viejo que por diablo; sabe más por lo que ya ha visto pasar que por lo que cree saber. Conviene, por lo tanto, desconfiar de estas lecturas instantáneas, pensadas más para cosechar aprobación y likes que para comprender la complejidad real de un proceso político que, como casi todos, se juega al mismo tiempo en lo simbólico, en la letra menuda; y en lo que aún no ha sucedido.
El factor decisivo: el tiempo político
Nada de esto, por cierto, está definitivamente cerrado. El factor decisivo es el tiempo político. Las restricciones a la Farm Bill solo entran en vigor a finales de 2026. Hasta entonces, se abre un período de transición en el que la industria se adapta, los bancos entran en escena y el nuevo paradigma médico-financiero comienza a consolidarse. En este intervalo, el clima político pesa tanto como los textos legales. Las encuestas de intención de voto para las legislativas de 2026 dibujan un escenario abierto: ligera ventaja demócrata en algunos sondeos, empates técnicos en otros y una constante histórica difícil de ignorar: las elecciones de medio mandato suelen penalizar al partido del presidente, especialmente en contextos de alta polarización.
El Congreso como variable estratégica
Ese dato no es menor. Porque, si el Congreso y el Senado cambian de perfil, aún habrá tiempo para neutralizar o modificar las restricciones introducidas en la Farm Bill antes de que entren en vigor, sin la necesidad de desmontar la reclasificación ni de confrontar directamente el nuevo marco médico ya establecido. La política estadounidense está llena de normas que nunca llegaron a producir efectos simplemente porque el equilibrio de poder cambió a tiempo.
Coreografía, no contradicción
En política, el tiempo nunca es neutro y las coincidencias suelen ser solo una forma discreta de la estrategia. Trump no parece ver la cannabis como un problema moral, aunque sabe que parte de su base la ve así, sino sobre todo como una cuestión de orden y negocio. Las restricciones introducidas casi a escondidas pueden haber servido para calmar sensibilidades conservadoras; la escenificación médica, para enviar una señal inequívoca al sistema financiero. No hay contradicción: hay coreografía. El presupuesto que se votará a finales de 2026 puede estar en manos de un Congreso más permeable a la cannabis que el actual. Si eso sucede, el endurecimiento de hoy podría revelarse, retrospectivamente, como aquello que quizás siempre haya sido: una escenificación transitoria para abrir negocios, sea cual sea su forma final, bajo un marco más bancarizado, más ordenado y perfectamente compatible con la lógica del poder económico contemporáneo.
*La opinión expresada en este artículo no refleja, necesariamente, la opinión de la Sechat.

Pablo Fazio es un empresario y emprendedor de pequeñas y medianas empresas. Actualmente reside en Argentina, donde preside la Cámara Argentina de Cannabis (Argencann), la cual tiene como objetivo promover el desarrollo y la expansión de la industria del cannabis en el país.
